Leo Prieto es un pionero de la industria de internet en América Latina y Emprendedor Endeavor. Fundó ImageMaker a los 15 años y luego FayerWayer y Betazeta, la red independiente de comunidades de contenido más grande de la región, adquirida por Metro International en 2017. Hoy es fundador y CEO de Lemu, y a lo largo de su carrera ha llevado la inteligencia artificial y los datos a industrias poco digitalizadas.

La palabra «artificial» significa hecho por habilidad humana. Quizás ya lo sabías; yo tuve que investigarlo, porque siempre había pensado que significaba lo contrario de lo real. Con esa definición a la vista cuesta no mirar alrededor y notar todo lo que hemos construido: inteligencia artificial, noticia artificial, verdad artificial, comida artificial, luz artificial, lluvia artificial, nutriente artificial, madera artificial, naturaleza artificial, arte artificial, amor artificial. Lo único que todavía llamamos genuinamente humano es la paciencia. Todo lo demás lo reproducimos.
Y para reproducir, deconstruimos. Simplificamos. Tomamos lo que observamos de un sistema real, un cerebro humano o un puñado de tierra, y modelamos las partes que alcanzamos a ver, que nunca son todas y muchas veces ni siquiera la mayoría. Modelamos el pensamiento, no la comprensión. El mapa, no el territorio.

Lo artificial gana porque es rápido y barato, y rápido y barato es justo lo que nos encanta. Gana también porque es controlable, hecho por humanos para un mundo de humanos, mientras la naturaleza, exasperantemente, se niega a obedecer nuestro calendario fiscal. Pero incluso su costo es artificial, porque lo medimos solo hasta el punto de venta. Lo que viene después no lo paga nadie, o dicho con más precisión, lo pagamos todos, y sobre todo los más vulnerables: nuestra salud, nuestra democracia, nuestro planeta, los sospechosos de siempre.
Lo llamamos progreso porque imita las partes visibles, la forma y no la función, y la imitación se ha vuelto lo bastante convincente como para engañarnos la mayor parte del tiempo. Pero el costo de verdad no se mide en watts ni en dólares, se mide en distancia. Cada capa de simulación nos aleja un poco más del origen. Hemos construido, casi sin darnos cuenta, un ecosistema de sucedáneos, y la paradoja es incómoda: mientras más cerca estamos de replicar la naturaleza, más claro se vuelve lo lejos que estábamos de comprenderla.
Por eso creo que nada será más valioso que lo auténtico: comida real, luz real, arte real, inteligencia real, verdad real, amor real, sueño real. Cada inversión en lo artificial lo vuelve más rápido y más barato, y al mismo tiempo hace lo auténtico más escaso. Son dos valores que se amplifican en direcciones opuestas.
