Jorge Nazer es fundador y presidente de Grupo ALTO, empresa especializada en la mitigación de pérdidas por robo y fraude en el retail y otras industrias, con presencia en cinco países. Emprendedor Endeavor y miembro del directorio de Endeavor Chile, es también cofundador de la Asociación de Emprendedores de Chile (ASECH) y ha impulsado el emprendimiento en el país y la región por más de dos décadas.

Quiero traer a la conversación, un estudio de Endeavor sobre bienestar y salud mental en el ecosistema, con un dato que me dejó reflexionando: el 81% de los emprendedores dice que su mayor fuente de estrés es escalar la empresa, muy por encima de cualquier otra cosa. No es conseguir clientes, no es levantar capital, no es la competencia…es crecer.

Y pensándolo bien, tiene bastante sentido. Cuando uno emprende, el sueño es crecer. Todo el mundo te pregunta cuándo vas a contratar más personas, cuándo vas a abrir otro mercado o cuándo vas a convertirte en una empresa regional. Crecer es el objetivo. Pero pocas veces hablamos de que también puede ser la etapa más solitaria, más incierta y emocionalmente más exigente de todas. Yo lo aprendí de la manera más difícil.

Una empresa que nació sin querer ser empresa

Siempre tuve alma emprendedora; de chico fui «mercachifle», compraba y vendía cosas, lo traigo puesto. Pero también tuve siempre una vocación social bastante marcada, y ALTO nació desde ahí. No partió como una empresa que quería «romperla» por el mundo, partió como un proyecto de innovación social: queríamos recuperar ciudades tomadas por el temor a la delincuencia, cambiar conductas delictuales e impactar comunidades. La empresa vino después, casi sin querer, cuando nos dimos cuenta de que una solución con propósito también podía transformarse en un negocio sostenible.

Lo cuento porque, en mi experiencia, lo más importante de un emprendimiento no es la idea genial ni el timing perfecto: es tener claro para qué existes. La primera «empresa» que formé, en realidad, fue mi matrimonio, lo mejor que he hecho en la vida, y de ahí aprendí temprano que todo lo que uno construye tiene altos y bajos, y que se sostiene cuando el objetivo es claro.

"Lo más importante de un emprendimiento no es la idea genial ni el timing perfecto: es tener claro para qué existes"

Jorge Nazer

Ocho años para alguien que no sabe esperar

Con esa finalidad llegamos a cuestas, años después, al capítulo más difícil: Estados Unidos. Siempre soñamos con llegar allá, pero nunca dimensionamos lo que era de verdad. Fuimos, la primera empresa chilena de servicio y tecnología en instalarse en ese mercado, con una propuesta que allá ni siquiera existía. Y lo que nos encontramos fueron ocho años de inversión, inversión y más inversión. Ocho años validando el modelo, aprendiendo que como empresa latinoamericana no íbamos a vender nada hasta «agringarnos» en serio, y transformarnos en una compañía 100% americana.

El problema es que yo no tengo alma de agricultor. No soy de los que plantan y esperan tranquilos seis o siete años a que el árbol de cerezas. Soy ansioso, no tengo mucha paciencia, y me costó un mundo asumir que esto no se apuraba.

Y entonces, en el peor momento, cuando estábamos más invertidos y más expuestos afuera, nos pegó la pandemia y se nos congeló el 25% de los ingresos. Yo nunca había vivido una crisis económica de ese tamaño; en Chile no habíamos tenido una así en décadas, y me la tomé con todo el peso encima. Pensé seriamente en cerrar Estados Unidos y replegarme a Latinoamérica, quedarme con lo seguro. No cerré. Y quiero ser honesto en esto, no fue por aguantar “más que nadie”.

Fueron mis socios quienes me convencieron de seguir. Fue un directorio con experiencia el que puso paños fríos cuando yo solo veía riesgos. Fueron emprendedores que habían pasado por crisis similares quienes me ayudaron a entender que, muchas veces el problema no es el negocio, sino la ansiedad que produce no saber cuándo llegará el resultado.

Al final, en Estados Unidos confiaron en nosotros, el negocio explotó y nos cambió las dimensiones de todo. Hoy operamos en más de 300 ciudades y en cinco países. Pero si me preguntan, qué me salvó en el momento más oscuro, no fue mi resistencia ni mi tolerancia al dolor. Fueron las personas.

Lo que quiero dejar sobre la mesa

Vuelvo al estudio, porque hay un dato que me quedó dando vueltas: solo el 11% de los emprendedores de alto impacto en Chile está libre de síntomas de burnout, frente al 23% en América Latina. O sea, el desgaste no es la rareza del que la está pasando mal en un rincón. Es casi la norma. Y si es la norma, dejemos de hacer como que no existe.

Me llama la atención otro cruce del estudio: el 93% dice estar satisfecho con su emprendimiento, pero casi un tercio tiene un bienestar bajo, con riesgo de depresión. Amar lo que uno hace y estar pasándolo mal no son cosas que se anulen. Conviven. Yo las he tenido juntas más veces de las que me gustaría reconocer.

Hoy tengo más de 50 años y hay algo que veo con mucha más claridad que cuando empecé. A esta altura, uno ya no siente que tiene tanto que demostrar, sino muchas más ganas de aportar a la generación que viene, esa que tiene la tarea de construir el país que queremos.

Creo que cuando uno acumula experiencias, buenas y malas, también adquiere una responsabilidad: compartirlas. No desde el relato del héroe que nunca dudó ni se equivocó, sino desde la honestidad de quien se angustió, dejó de dormir, pensó en tirar la toalla y, aun así, encontró en otras personas el apoyo para seguir adelante.

Por eso el estudio de Endeavor me hace tanto sentido. Nos invita a normalizar conversaciones más honestas entre emprendedores, a abrirnos de verdad y a construir comunidades de apoyo entre pares. Porque emprender siempre será un desafío profundamente personal, pero escalar nunca debería ser un camino solitario.

Así que quiero dejar una pregunta abierta: ¿a quién tienes tú cerca para poner paño frío cuando llegue tu propia pandemia? Si no se te ocurre nadie, quizás ese sea el primer emprendimiento que hay que construir.